Eso es a grandes rasgos la celebración de las Morismas, tradición zacatecana que hace una amalgama de sucesos históricos que envidiaría cualquier promotor de uniones descabelladas: El martirio de Juan el Bautista; la guerra entre Carlomagno y Balán, el almirante pagano, y la batalla de Lepanto entre moros y cristianos.
Todo se reúne en la morisma. ¿Cómo? No lo sé. Pero es una representación cuyo primer registro oficial data de 1832 y en la que este año participaron 10 mil personas, sin contar a los que se apostaron en las calles para observar la recreación naval por vía terrestre del enfrentamiento que dio a Cervantes su otro nombre.
Las morismas de Bracho son devoción, espiritualidad, ebriedad, pleitos, tradición, bandas de guerra, comandantes a caballo, infantes en ponis y una mujer que, con un bebé sujeto al pecho, sube de rodillas hasta el punto más alto de las lomas.

