domingo, 21 de febrero de 2010

Con el enemigo en casa

Juan Pablo Santiago contagió a Lacerda y entre ambos consintieron cuando no fabricaron las opciones del visitante. Guerreros y Estudiantes repartieron puntos.

Ludueña, Rodríguez y Morales, anotaron por los Guerreros. Rangel, Cejas y Leaño hicieron los goles del conjunto zapopano.

Torreón

Hay cosas que se le indigestan al Santos, como la nula convocatoria de sus jugadores a la selección o el TSM que no se llena. Este domingo, el Tecos, ahora convertido en Estudiantes, fue parte de esa lista. Luego de la actitud perdonavidas de la directiva y su acuerdo con la televisora para abrir la señal al populacho lagunero lo menos que podían hacer los verdiblancos era ofrecer un buen partido, y si hay algo que permite el espectáculo es un equipo dirigido por el “Piojo” Herrera, técnico que podría afirmar de modo jactancioso “no gano pero como me divierto”.
Los ingredientes especiales fueron la primera visita del “Pony” Ruiz a la nueva casa de los guerreros y las tres victorias consecutivas del Santos. Desde el primer minuto los dos equipos dejaron claras sus intenciones, tiros de Sambueza, Darwin y Morales hacían soñar con goles en los primeros minutos y así fue. Al minuto 12, “Hachita” Ludueña filtró un balón para Quintero que arrancó bien y se quitó con una facilidad pasmosa al arquero Rodríguez, antes de mandarla guardar. El colombiano la hizo ver tan fácil que al asistente no le quedó más remedio que levantar su bandera y marcar fuera de juego.
En la reanudación, el visitante se equivocó en la salida y Quintero jugó fácil, se la dio a Ludueña. El “Hachita” se esmera en demostrar que ha vuelto, y que no ha vuelto sólo sino que trae consigo futbol y buenos goles. Recibió el balón y lo primero que hizo fue tratar al defensa Jiménez como cono de entrenamiento, luego, ante la salida de Mario Rodríguez cruzó a segundo poste y lo demás fue celebrar. Un minuto después Daniel no quiso anotar el segundo.
Al minuto 20 el exsantista Elgabry Rangel sopló y sopló hasta derribar las defensas de paja y madera de los santistas. En 20 segundos el estudiante con pasado verdiblanco reventó el balón en el travesaño, cazó un recentro del Pony –que Oswaldo rebotó como una pared—, y se tiró de media tijera para mover las redes. Santiago y Lacerda fueron meros espectadores, Ruiz y Rangel, los gigantes del área.
En el segundo gol de los Tecos, Juan Pablo Santiago arregló un centro de Rafael Medina que intentaba cruzar a lo ancho el área santista. Con su desvío el central guerrero dejó a Mauro Cejas de frente al arco. El delantero aprovechó el regalo y otra vez Oswaldo se lanzó con fines meramente fotográficos. Así se fueron al descanso, el visitante arriba y Romano listo a quemar los cartuchos disponibles en la banca. En la segunda parte saltaron al campo Vuoso y lo que queda de Fernando Arce, jugador que, de recuperar su nivel, sería un buen fichaje en cualesquier partido.
Los visitantes compitieron lealmente, nunca enseñaron más de lo que había: “el Pony” y otra vez “el Pony”. Al 53, Rodrigo Ruiz aprovechó que Lacerda y Santiago recorrieron cuanto pudieron para dejarlo sólo. Recibió la bola en la mayor de las soledades que permite el fútbol, la del goleador frente al marco rival, cuando el portero es mero referente a la hora de arrinconar la bola, o sacar la gambeta o fusilar las redes. Entonces, Rodrigo se ofuscó. El hombre que siempre tiene soluciones para compartir con los demás, se quedó vacío a la hora de definir por su cuenta. “Regalos no quiero” pareció decir la pequeña maquina generadora de campeones de goleo.
Para hacer más heroico el regreso, la zaga santista permitió el ya tradicional gol en tiro de esquina. Juan Carlos Leaño superó a Lacerda en el primer poste y picó el remate que puso a Oswaldo a buscar topos. El silencio se hizo en el TSM y áreas circunvecinas.
Como Lacerda y Santiago se habían robado el espectáculo hasta ese momento, Leaño , inconforme con su rol secundario de goleador, derribó al “Lorito” Jiménez a la altura del manchón penal, y a Juan Pablo Rodriguez no le quedo más remedio que reducir la desventaja en el tanteador.
Al 69, Peralta, Vuoso y Ludueña dieron una lección de cómo se toca de primera. La rápida triangulación terminó con una defensa foránea mal colocada, las marcas perdidas, los delanteros sueltos, el centro del “Hachita” cayendo en cámara lenta y un Carlos María Morales que dijo: “de aquí soy”. El refuerzo santista la agarró de aire con esa zurda que de cuando en cuando le da a Rubén Omar Romano fuertes razones para mantenerla dentro del once titular. El balón salió hacia la red izquierda de la meta. El arquero Rodríguez vio que era imposible y ni para la foto sacó la estirada.
Luego del empate, los guerreros tuvieron dos cabezazos, uno de Vuoso y otro de Peralta, que pegó en el travesaño, pero el marcador ya no se movió. Con el silbatazo final, varias dudas flotaban en el ambiente. Quizá el Santos rescató un punto, quizá dejó escapar dos, quizá los Estudiantes se van molestos con el empate luego de ir ganando por dos anotaciones, quizá se van contentos con haber sumado. La única certeza es la siguiente: Eres grande “Pony”.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Es el amor

Este miércoles se realizó en el Icocult Laguna una lectura de poesía y similares en la que participaron Daniel Maldonado, Enrique Sada, Paulo Gaytán y un servidor, todos convocados por la institución lagunera, por no decir gomezpalatina, que responde al nombre de Jaime Muñoz Vargas, juez y parte de los procesos individuales a los que fue sometido el vocablo del que Borges huía. El siguiente es el texto presentado por este bloguero de afición, amigo de las erratas.

“Es el amor, tendré que ocultarme o que huir”

Jorge Luis Borges

Si alguien me preguntará ¿quieres amar? le diría que no. Si solamente se tratara de revolcarse como animales en el cuadrilátero de las llaves y caricias, aplicando hurracarranas y mordidas a destajo, órales, va. Amar no me apetece.

Si alguien me preguntará ¿has amado alguna vez? respondería con cierto pesar que sí. No me gusta deshojar la margarita del ya no la quiero es cierto pero cuanto la quise. El conjuro de la evocación revive a los muertos, llámense sentimientos, pasiones, fórmulas indescifrables del corazón.

¿Cómo sabes qué amas a una persona? Esa pregunta tiene varias aristas, y cada punta ofrece una respuesta distinta. Hay que explorar un poco en el por qué. Si hablamos de mi madre, cualquier artificio resulta insuficiente para dar una idea de la belleza de ese amor. Las palabras palidecen como piedras celestes que solamente reflejan la luz de un astro más alto y luminoso. Quizá sirva de algo la siguiente confesión: Escribir me convierte en un torpe egoísta, malhumorado eterno, y mala persona en lo general. El trance de la escritura llega a ser tan profundo que la mínima distracción me pone en un estado demencial cercano a la tentativa de homicidio. Sin embargo, cuando mi madre interrumpe el curso de las letras sobre la hoja, mi sed de venganza se transfigura en paciencia infinita, en tolerancia pura, y hasta sonrío ante sus dichos en apariencia intrascendentes como “ya está la comida”, “fíjate que me contaron”, o “búscate un trabajo”.

Los hermanos son otra debilidad y fortaleza de mi ánimo, pocas cosas me duelen como sus malestares y fracasos, pocas cosas me alegran como su éxito y prosperidad. Tengo tantos recuerdos que agradecerles y tan poca memoria para conservarlos íntegros que su sola presencia infunde en mi espíritu bienestar y seguridad. Nos une, además de la raíz consanguínea, ese proyecto de presente a largo plazo que es el cuidado mutuo.

La amistad como una de las formas del amor merece comentarios relajados porque la mayoría de las veces está contaminada de interés. He prestado dinero y no me han pagado, me han prestado dinero y sigo fingiendo lagunas mentales. Con el deudor del primer caso, y con el acreedor del segundo, el trato no ha variado a lo largo de los años. La valiosa lección extraída de tales circunstancias es “no hay fijón”. La amistad se demuestra y para ello, nada mejor que responder el teléfono a las tres de la mañana, y salir de casa con el atuendo de las grandes ocasiones, chanclas, short y camisa interior, al auxilio del amigo varado en algún oscuro rincón del periférico en compañía de la condicionante femenina que solicita extrema discreción. El signo de amistad aumenta su valor si vamos al rescate con la esperanza de encontrar en el camino un par de cables para pasar corriente.

La sabiduría popular expone: “Nunca falta un roto para un descosido”. Aunque esa unión de tipos desperfectos hace referencia al hallazgo de la pareja compatible con las fobias y manías de cada quien, no deja de sorprenderme que un trozo de naturaleza, un simple árbol fascine a una inteligencia humana al grado de que está acceda a cuidarlo, hidratarlo y hasta sea capaz de encadenarse a él para evitar que los dientes acerados del progreso lo reduzcan a ínfimo aserrín. La misma postura de asombro se manifiesta en los casos de animales endémicos y objetos como libros, especies en peligro de extinción por causales como el abuso o el desuso.

El amor a la vida suena tan cursi que su sola mención parece odiosa, pero en estos días en que privarse o ser privados de la existencia es resultado de circunstancias triviales como cruzar la calle en ámbar o atravesarse en el camino de un disparo, considero importante apreciar en una dimensión superlativa la suerte de estar vivos. Con tremenda sinceridad Paul Bowles asegura en El cielo protector que “nada de lo que se dice de la muerte, se parece a la presencia de la muerte”. Una verdad igual de contundente se revela en el sentido opuesto: “Nada de lo que se dice de la vida, se parece a la presencia de la vida”.

Con respecto al amor de los enamorados ya se ha escrito muchísima literatura a lo largo de todas las épocas y afortunadamente las cavernas del corazón siguen produciendo suficiente mineral edulcorado, amargo, puro y tóxico para deleitar el paladar de nuestras almas. Si un día le perdemos el gusto a ese alimento, que la mortaja se apiade de nosotros.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Los cautivos

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Rostro pétreo

Un hombre viejo es una biblioteca.

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Tierra somos

Reunión familiar sobre un montículo terroso.

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Sombra repetida

La sombra, eco de polvo, cacofonía visual.

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Redes sociales

Fuera de la web también hay telarañas sociales.

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Caída libre

Pesadilla frecuente, futuro probable.

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Considerando en frío

Que le odio con afecto y me es en suma indiferente.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Los camiones y otras montañas rusas (Segunda parte)

El camionero, entendido como chofer de ruta urbana en el aquí y ahora lagunero, es un hombre orgulloso de su poder. A bordo de su armatoste, anda siempre adelante, nunca se raja y sigue a cabalidad el precepto de “manejar ofensivamente”.
Una de sus características superlativas es la precisión al acometer espacios reducidos, imposibles para el conductor promedio como meterse entre dos camiones o cambiarse del carril de baja al de alta velocidad en medio de un tráfico feroz son el pan de cada giro del volante para esos especialistas del rebase por derecha. La sabiduría popular dicta: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja cuando tiene pintada su carrocería con las marcas de ruta Norte, San Joaquín, Sur y el resto.
No basta con manejar un camión para ganarse el adjetivo de camionero. Los requisitos generales incluyen desarrollar una mirada desafiante, que no lea más allá de la portada de un reglamento de tránsito, que en las prohibiciones encuentre retos para el motor, el velocímetro y los frenos de la unidad, que aplique a cabalidad la ley de lo no permitido está permitido por mi licencia para escapar en caso de atropellamiento, así adoctrinados, los camioneros perciben los colores primarios de la vialidad bajo un enfoque distinto al del común de los mortales: el rojo significa adelante, el amarillo ordena acelerar y el verde es cuando se mueven los demás.
Para destacar su lado humanitario, basta con mencionar que al ver a un anciano esperando en la esquina, el camionero deduce que lo más sensato, para cuidar el corazón del viejo y no ponerlo en riesgo con el vértigo del viaje, es dejarlo ahí. Permitirle subir es poner en riesgo su salud, acto inadmisible si se aspira a una conciencia limpia y a una jornada libre de boletas de retraso.
La renta es la justificación del caos. Hay que sacar la renta del camión y para ello, el camionero se maneja en extremos desesperantes para el gusto del pasajero cotidiano, tan proclive a la comodidad. Para el pasajero eventual, en cambio, representan meras excentricidades del vulgo. El primer extremo es el complejo Fast and Furious, en alusión a los churros palomeros donde el papel principal lo ocupaba la pericia al volante. En esta vertiente el camionero se convierte en una especie de Superman capaz de superar la velocidad del sonido que hacen los semáforos peatonales para ciegos antes de llegar al cero. El ojo humano es incapaz de apreciar que sucedió primero, el brinco de amarillo a rojo o la ráfaga de fierro motorizado cruzando la esquina de la Acuña. El segundo extremo es el síndrome de Liebre y Tortuga, basta con reseñar que los camioneros pertenecientes a esta escuela de manejo, aceleran, frenan, aceleran, frenan, aceleran aceleran rebasan aceleran, frenan, frenan, se quedan parados, pasan cinco o quince minutos y comienzan a moverse a un milímetro por hora, luego, nuevamente aceleran aceleran, frenan, todo esto entre la subida y el descenso de su único pasajero. El tercer extremo es el principio de Cronos, más que una psicopatía, se trata de un arte místico heredado de generación en generación que permite a quien lo domina alargar el tiempo a su antojo de manera que entre el paso de un camión y otro puede transcurrir un segundo, una hora, incluso una vida.
Sustancias químicas mediante, el camionero puede identificar a sus pasajeros con atributos supra humanos como el oído receptor de frecuencias silbatinas, lamentablemente, los usuarios que no saben chiflar, se la pasan a esperar el siguiente transporte. Otra de las facultades supra humanas de estas heces, perdón, de estos ases del volante, es la disociación cerebral por medio de la cual, una parte de su cerebro se traslada al sistema motriz de algún insecto, casi siempre moscas, aunque también puede llegar a controlar las mentes de especies superiores como “el topo” o “la burra”, que mediante golpes sobre la lámina de la unidad, una forma primitiva de alfabeto Morse, alertan al operador que ha dejado un pasaje varado en la esquina.
Este espacio es limitadísimo para alcanzar a enumerar todas las virtudes, propiedades y rasgos de ese espécimen silvestre al que, para hacerlo asequible, hemos denominado camionero. Por último permítame ponerlo sobre aviso: si usted se topa con alguno, sujétese a su asiento, o aférrese al pasamanos con todas sus fuerzas; si es devoto, persígnese y rece, rece mucho, tenga en cuenta que no hay autoridad, credo ni advertencia que haya conseguido ponerle freno; si no es devoto pero en algún momento a reflexionado y concluido que después de la muerte está la nada o la misericordia, felicítese pues está a punto de salir de dudas; nunca está de más subir al camión ya cumplida la previsión del testamento; si lleva celular y va sentado, despídase de sus familiares y amigos mandando un mensaje en cadena, puede que no tenga oportunidad de hacer otra cosa; como última diligencia tome una sobredosis de analgésicos para hacer menos dolorosa su partida de este mundo, y sobre todo, no olvide disfrutar del viaje.

domingo, 31 de enero de 2010

El Santos en la Dimensión Desconocida

La de cosas que tiene el fútbol: Pacheco, la joya ofensiva del Atlas, acabó jugando de portero. Vuoso y Quintero desperdiciaron todo lo que les cayó de frente al arco. El resucitado Zepeda y un Botinelli que abusó de Arce, adelantaron al visitante. Peralta, el de los segundos tiempos, redujo distancias en la compensación.

Ludueña sigue perdido, igual que medio Santos. Los cuatro delanteros santistas más Lacerda en ataque no pudieron rescatar un partido en el que los rojinegros supieron pegar en los momentos adecuados.


Al minuto 83, el partido dejó en claro que se desarrollaba en otro sitio, en la Dimensión Desconocida, pero ni en ese extraño lugar donde ocurren las cosas más extraordinarias, como la de un delantero jugando de portero, el Santos pudo rescatar el resultado. Un par de aciertos del visitante en la primera parte fueron suficientes para darle rumbo a un juego que se antojaba ideal para que los guerreros conservaran la condición de invictos. Y es que siempre que el Atlas llegaba al Corona, era un día de campo sobre el césped, y de fiesta para los aficionados, no la pesadilla de un Zepeda resucitado, al que una voz extra terrena le ordenó: “levántate y anota”. Y eso hizo el exsantista cuya única acción celebre enfundado en los colores verdiblancos fue agredir a un comentarista y así le dejamos. Al minuto nueve, una réplica del gol de Luis Gabriel Rey, en la jornada inaugural frente a Monarcas: tiro de esquina, balón a primer poste y haciendo recorrido de portero, Zepeda se descubrió sólo en el área chica, entre Vuoso, que no saltó para no hacer un esfuerzo inútil, y Uriel Álvarez, tan lejos del ofensor como de la seguridad que llegó a darle Rafa Figueroa a la zaga santista. Miguel Zepeda remató girando el cuello lo suficiente para vencer a Oswaldo. De esa manera, el compromiso se ponía cuesta arriba. Pero a nadie le apuraba la desventaja, después de todo, el equipo que estaba enfrente era el Atlas.
Ludueña, perdido en el frente de ataque, defiende caminando y ataca en neutral. Por el centro, por las bandas, es lo mismo, Daniel sigue en busca del autoconocimiento que le permita recuperar aquel toque de Midas que todo lo convertía en gol o en pase a gol. Cuando el “Hachita” no carbura, la maquinaria santista no camina hacia adelante y eso permite que se exhiban las carencias al moverse en reversa. Si a eso le agregamos que este domingo la locura se apoderó de los Guerreros en la forma de un Lorito desaparecido en medio campo, desconocido al ataque, reconocible únicamente por su aversión a meter la pierna; un Arce confundido, cuestionándose su lugar en el mundo, su propósito en esta vida, su función en el parado del equipo. Fernando y sus dudas, ¿quién soy?, ¿qué hago aquí?, demencia temporal que encontró su manifestación más perversa en un penal irrefutable sobre Botinelli que se cansó de driblar rivales y al intentar la pared abusó del desconcierto del “Pipa” Arce, le ganó la posición y lo obligó a cometerle un penal del tamaño del TSM con todo y vías de acceso. Botinelli lo fabricó y también lo cobró, con un disparo al centro que Oswaldo ocupado en lanzarse a su izquierda, no pudo detener.
Pero si de locos se trata, nadie como Vuoso, que sigue luchando en plan kamikaze, arrojándose sobre los defensas en busca del balón. Tristemente ninguna de sus intentonas tuvo final feliz. Una pincelada de Ludueña, la única del partido, dejó al “Toro” de frente al arco y el pampero naturalizado, en lugar de fusilar a Barbosa se entregó a la meditación y el sosiego, dando opción a la defensa de barrerse y despejar el balón.
Con el “Toro” afligido, comenzó el espectáculo de Quintero, otro loco genial. El colombiano, que saltó de titular, hizo una excelsa demostración de que la falta de cabello es bastante molesta cuando uno quiere arrancarse puños de pelo. Al 37, Mares se cansó de representar ese papel de lateral sin mayor peso en el juego para recentrar un balón que dejó a Darwin cara a cara con el gol. Bastaba con meter la frente para subir el empate al marcador, pero el ¿remate?, se orilló a la orilla.
Al comienzo del segundo tiempo, el “Pipa” demostró que aún las mentes más confundidas muestran signos de recuperación, disparó desde fuera del área, hiriendo al defensa que salió al paso. Lamentablemente, el rebote le cayó a Darwin, que no traía ganas de ser héroe. Con el portero vencido, el marco abierto y el balón botando, el colombiano sacó de la chistera un disparo digno de platicar con el terapeuta. Al 65, el Atlas pudo sentenciar el partido, pero Gonzalo Vargas, sólo frente a Sánchez, hizo de Quintero y mandó su remate fuera del campo.
Al 83 sucedió otro de esos impensables que sólo puede concebir una mente maestra del suspenso. Con el partido resuelto y el tiempo en su recta final, Barbosa se hizo expulsar por hacerle al loco en un despeje. El Atlas ya había agotado sus tres cambios y la joya de la cantera visitante, el joven Pacheco, se puso los guantes y ocupó el lugar vacante bajo los tres palos. Al minuto 44 se reanudó el encuentro y Germán Arredondo anunció ocho minutos de compensación. Así comenzó un minipartido de los guerreros contra nueve atlistas y un arquero improvisado. Dos minutos después, en pelota parada llegó la primera ocasión de gol y Oribe, el de los segundos tiempos, dio aliento al local, rematando frente a Pacheco un balón cubierto de mantequilla. La reacción no alcanzó, los cuatro delanteros más Lacerda no pudieron crear otra opción de gol y Arredondo sentenció el final de juego, que no de la pesadilla de unos jugadores y su técnico Romano atrapados en la Dimensión Desconocida, una especie de infierno donde todo es posible, incluso que el Atlas le gane al Santos.

miércoles, 27 de enero de 2010

Los camiones y otras montañas rusas

Una mañana ya lejana, mi hermano y yo abordamos un carrito de metal que formaba parte de un gusano no apto para menores de un metro con 40 centímetros. Con la ayuda de una cadena que lo jalaba, el férreo gusano, cargado con el peso de infantes y adultos, subía una cuesta pronunciada. La escalada mecánica dejaba observar el techo verde y mágico de Chapultepec. En lo alto de la curva se alzaba un letrero que decía: Favor de no sacar las manos fuera del carro. Terminé de leer el mensaje justo a tiempo, antes de entrar al vértigo de una caída libre monumental, con ráfagas de hasta 200 kilómetros por hora. Los gritos apagados por la velocidad eran la mejor prueba de la emoción de un estatismo del cuerpo sometido a curvas y cuestas dinámicas que explotaban en la medida de lo humanamente soportable, tres o cuatro minutos de frenético recorrido. Terminado el vertiginoso trance, fui víctima del síndrome de la Montaña Rusa, acabé con el cerebro en el estomago y con el órgano digestivo en el sitio de los pensamientos. Como no quería irme a la casa con popó en la cabeza, tuve que subirme de nuevo al juego mecánico para devolver cada cosa a su lugar.
Años después una amiga me preguntó si ya había ido a una de las ferias tradicionales de La Laguna, su plan le funcionó inmediatamente pues, aunque no tenía ganas de ir, la invité en seguida. Desde la entrada se alcanzaba a distinguir un pequeño cerro que se vendía como Montaña Rusa, así que le saque la vuelta. Después del “ratón loco”, el “martillo” y otros tantos aparatos promotores del vértigo moderado, mi compañera y yo nos animamos a subir en el trenecito, como de Bosque Venustiano Carranza, del pequeño cerro. La curva ascendente prometía alguna emoción, no había letrero de advertencia. Dos minutos después terminó el paseo. Tranquilos, relajados, descendimos del armatoste, a mí me dieron ganas de cenar, ella aceptó, hacía frío. Como si fuera necesario expresarlo, ella dijo: ¿qué chafa, no? En mi papel de juez severo comenté: un San Joaquín va más rápido que esa cosa.
Y no era broma, desde que mi madre me despertaba para ir a la escuela, he abordado cientos de veces los autobuses de la línea San Joaquín. Con el paso del tiempo también conocí los andares de otras rutas urbanas como Campo Alianza, Ruta Sur verde y amarilla, Ruta Norte, Jacarandas y las naves interdimensionales, a últimas fechas metropolitanas, aglutinadas en el término genérico de Torreón-Gómez-Lerdo.
En la ruta San Joaquín, había un chofer que se hizo dueño de una franja de mi memoria. Nunca supe su nombre, pero sus facciones cadavéricas, los ojos inyectados con llamas, la frente pequeña, el pelo aplastado, se conservan intactas en el recuerdo, englobadas en el rojo apodo de “el Diablo”.
Con temor conductual abordaba la vieja unidad de ese notable personaje. El camión tenía un piso de lámina lleno de remaches. Los asientos eran unas colchonetas negrísimas que mostraban sus entrañas de esponja. Incluso había agujeros en el suelo y se alcanzaba a observar lo que creo, era el árbol de levas del transporte. Una que otra vez, el humo que, supongo, debía salir por el escape, formaba una nube en el interior del autobús, como si todos los pasajeros fuéramos fumadores compulsivos de diesel. Apenas le entregaba los cincuenta centavos, y al segundo siguiente ya estaba hasta el fondo del autobús impulsado por la velocidad con la que “el Diablo” se arrancaba. Si conseguía acomodar mi estudiantil humanidad en algún asiento, había un tormento al acecho, el de los bordos. Es increíble que desde aquellos años los mismos bordos persistan, como los vecinos de siempre.
Al dar una vuelta sin precaución, el chofer nos movía de allá para acá sin consideración alguna, pero lo más terrible era pasar a gran velocidad los bordos más bestiales que pudo concebir la imaginación de sus creadores, rampas de vuelo que levantaban los traseros de los pasajeros al menos cinco centímetros sobre el nivel del asiento y que provocaban el grito unánime y enfurecido: “No somos vacas”.
Un día, al descender del camión para ir a la primaria, vi una bola de gente a mitad de la calle. Eran 20 personas más o menos formando un círculo curioso, todas mirando al suelo, mientras a unos metros un camión permanecía detenido, como un elefante verdiblanco sin fuerza motriz, mero cascarón sin vida. Mi mente infantil no atinó a comprender qué pasaba. Crucé la avenida 20 de Noviembre y entré a la escuela. La maestra Esperanza estaba triste, se notaba que tenía ganas de llorar y no nos decía que abriéramos el libro o mostráramos la tarea. Antes de que dijera algo nos sacaron al patio, aunque no era lunes ni día festivo, y por tanto, no había acto cívico. El director Miguel Ángel tomó el micrófono y en lugar de entonar el himno nacional, nos dijo que un compañero acababa de sufrir un accidente. Nos pidió que tuviéramos cuidado al cruzar la calle, que viéramos hacia los lados. Al parecer, a escasos metros de la puerta, el niño soltó la mano de la abuelita y saltó al pavimento como un pastor corriendo a su Belén sin imaginar que ese mismo día lo iban a velar. La imagen fue tomando consistencia, el grupo de gente, las miradas fijas en la materia inerte embarrada en el suelo, el autobús que no era ningún elefante inofensivo sino un arma homicida. Es una lástima que 20 años después “el Diablo” siga entre nosotros. (Continuará…)

domingo, 24 de enero de 2010

Tribus fumaron la pipa de la paz

En el estadio Olímpico Benito Juárez, el cero a cero fue justo castigo para unos Indios que lanzan flechas con punta de cuchara. Los Guerreros demostraron por enésima vez que son generosos con el desvalido.

Un Santos preocupado porque su rival sumara hizo un partido a la medida del conjunto local. Su poca ambición le redituó un punto, a primera vista malo, que resultó bueno por la expulsión de Juan Pablo Rodríguez.

¿Qué resulta de mezclar a dos equipos cautos, más preocupados por no perder que por ganar? Pues 90 minutos de un Indios contra Santos en el que las mayores emociones se produjeron en los tres cuartos de cancha. Y es que un regate de Ludueña, una descolgada de Emil Martínez, los lujos de Vouso, los intentos de Jair García, sucedían ahí, lejos del área contraria y aunque hacían soñar en algo más, una ocasión clara de gol al menos, nada sucedía.
Las dos tribus se portaron muy civilizadas, como si adentrarse en territorio enemigo fuera la violación de un tratado de paz. Un Peralta desconocido como titular, distinto al genial relevo del domingo pasado, sólo era reconocible por su andar voluntarioso. En mucho influyó que el lagunero haya salido con el reloj descompuesto, llegando tarde a los momentos importantes.
El Santos hizo lo que pudo para ayudar a los de Ciudad Juárez a romper su racha de 18 partidos sin ganar: rebanó balones en defensa y cuando no lo hizo, entregó la bola en la salida, también dejó centrar desde las bandas y abrió la puerta a los tiros desde afuera del área, pero todos los signos de buena voluntad de la visita fueron malinterpretados por los locales, que armaron un trueque bajo el entendido de que error con error se paga.
El primer tiempo pudo evitarse, no obstante, el requisito de mencionar algo como lo más destacado obliga a relatar que al minuto 15, Santibáñez pagó su baja estatura, cuando un centro se paseó por toda el área santista sin encontrar un rematador, en este caso, el examericanista era el que tenía mejores chances de conectarlo. Daniel Ludueña traía ganas de jugar, de inmediato se nota cuando se pone a proteger el balón a mitad de cancha, matando el ritmo, y luego se da la vuelta para salir disparado hacia la meta enemiga. Sin embargo, el director de orquesta apodado el “Hachita”, no encontró eco en sus músicos de la vanguardia, un Oribe y un Matías, copados por defensas.
Si algo hay que agradecerle a los Indios es que lo intentaron. ¿Qué les faltó imaginación? Pues sí, es verdad. ¿Qué lanzaban flechas con punta de cuchara? Pues también, pero al menos no dejaban de correr, de buscar. En todo momento, la historia siguió un guión repetido hasta el cansancio en los rectángulos futboleros, el del equipo que quiere pero no puede, y el del conjunto que puede, pero no quiere.
Jair García, rescatado de quién sabe dónde por la tribu fronteriza, se aguantó las ganas de anotarle a su ex-equipo. El “Lorito” Jiménez hizo de de punto medular desde el que se abría a izquierda o derecha el juego santista. Pero si hay alguien que merece una mención aparte ese es Juan Pablo Rodríguez, quien hizo de todo en este partido: corrió la milla, quitó balones, se equivocó en la salida, metió la pierna fuerte, recibió faltas, se hizo amonestar, etc, etc.
Como las delanteras juarense y lagunera se cuidaban de inquietar a los porteros, fueron las defensas de cada conjunto las encargadas de ponerle pimienta al partido, de esa suerte, Malagueño y Juan Pablo Santiago, demostraron contar con la pericia suficiente para crear peligro en propia meta. Sin embargo, la ausencia de elementos ofensivos en las áreas desvaneció cualquier opción de peligro creada por los yerros defensivos.
En el segundo tiempo, Romano sustituyó a Vuoso con Ochoa. El debutante santista, Jonathan Lacerda intentó hacerse notar al frente aunque sin resultados. Al minuto 69, con el partido sumido en un letargo, el árbitro Jaime Herrera, consciente de que faltaba espectáculo, expulsó a un Juan Pablo Rodríguez empeñado en hacerse notar, así acabó de forma anticipada para él un partido en el que se esmeró en ser protagonista. Los Indios se sintieron atizados por la expulsión y fueron para adelante, entraron Alain Nkong y Daniel Frías con la misión de aprovechar la superioridad numérica, sin embargo, cuando uno u otro lograba superar a un defensa se encontraba con el obstáculo de otro compañero o la ausencia de rematador para sus pases y ahí moría el peligro.
Al 76, Oswaldo sacó a contramano un disparo de Carlos Días y a partir de ese momento, las tribus firmaron la pipa de la paz. Ochoa se dedicó a naufragar en la delantera lagunera, Peralta se puso a hacer de Juan Pablo Rodríguez y de Ludueña, pero se olvido de ser Oribe. Los Indios, se apresuran a volver a la liga de ascenso, el lugar ideal para recordar lo que significa un triunfo, y los Guerreros demostraron que, en su versión romana, siguen siendo un conjunto generoso con el desvalido.