jueves, 18 de marzo de 2010

Las fórmulas de siempre

“Es el amor, tendré que ocultarme o que huir”, así comienza El amenazado, poema escrito por Jorge Luis Borges, un autor indescifrable para muchos que de pronto se torna transparente al decir “la hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única”. Borges se quedo ciego un día, y no obstante, era capaz de percibir, bajo el mudable disfraz del rostro, la sustancia que llena el corazón con fuego y agua, infierno y paraíso.
Leer nunca es un desperdicio de tiempo, menos cuando el lector da de frente con palabras, es decir emociones y circunstancias, conocidas. Mire usted a Amado Nervo. En Pasó con su madre el nayarita jalisciense nos dice algo que a mí me ha sucedido un par de veces: “Síguela, gritaron cuerpo y alma al par / pero tuve miedo de amar con locura / de abrir mis heridas que suelen sangrar / y no obstante toda mi sed de ternura / cerrando los ojos la dejé pasar”.
La historia de la literatura está llena de ese recurso renovable, ese limpio calor. Con nuestras historias pasa lo mismo. “El poema de amor es el poema, de cada día” dice Efraín Huerta como quien da la receta para preparar una existencia si no feliz al menos ocupada. Porque “los amorosos callan” según Jaime Sabines y yo comparto, con reservas, su opinión. No concibo nada más complicado que guardar silencio cuando lo único necesario en esta vida es confesar a la manera de Salvador Novo que “amar es percibir, cuando te ausentas / tu perfume en el aire que respiro”. Ramón López Velarde también tiene razón al lamentarse profundamente por los caprichos del destino: “Hoy, como nunca, me enamoras y me entristeces”.
Para dar un salto de la melancolía al frenesí, de la alegría al dolor, de la muerte a la esperanza, basta con mirarnos en los ojos de otra persona y descubrir si nuestro corazón puede latir al ritmo de esa vida, que es la nuestra, aunque no lo sea porque está fuera de nosotros, bueno, si no entendió, es normal, yo tampoco entiendo bien ese sentimiento. Pablo Neruda explica mejor lo que quiero decir en su poema Si tú me olvidas: “Ay, amor mío, ay mía, en mí todo ese fuego se repite”, la llama arde por igual en los dos recipientes, ilumina como presencia divina o quema como fuerza destructora.
Pocas cosas me han conmovido tanto como unos versos de Issac Felipe Azofeifa, autor que, si se busca, se encuentra en internet. Una cita que no se concreta, el amante muere en desconcierto porque la persona amada lo dejó plantado. ¿Qué se puede hacer o decir en esos casos? “Para qué voy a hablar si no está tu silencio / para qué he de mirar sin tu mirada / y el reloj del corazón /sigue marcando y doliendo”, así resuelve Azofeifa esa cuestión.
Si usted anda en plan conquistador, vaya bien preparado, ármese de valor y utilice la Táctica y estrategia de Mario Benedetti. Memorice el manual completo de: “Mi táctica es mirarte, aprender como sos, quererte como sos”. Nunca está de más cargar un tanque de oxigeno, auxilio indispensable sobre todo en condiciones como las enunciadas por Julio Cortázar en el capítulo 7 de Rayuela: “y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultaneo del aliento esa instantánea muerte es bella”. No sé usted, pero yo, al escuchar el llamado querido de mi musa, despierto al momento y con la voz de Roque Daltón me rindo ante “Tu voz que es la campana de los cinco sentidos”.
Estos son algunos de los poemas que llevo conmigo a todas partes, versos ligados a muchos capítulos, buenos y malos, de mi vida. Por eso le doy éste consejo: Regálese un bonito verso de cuando en cuando. Es importante ahora que en lugar de expandir nuestras buenas emociones tratamos de reducirlas. La poquedad escribe “TKM” en vez de “Te quiero mucho”, chale. Como diría la juventud de ahora, “¿eso qué?” Prefiero mil veces jalar aire y recitar como Carlos Pellicer, en perfecto amor, con mi imperfecta voz, “Tú eres más que mis ojos porque ves / lo que en mis ojos llevo de tu vida”, eso demuestra que los amorosos también saben hablar aunque no se les entienda.

Nota: Éste es otro texto que estuve trabajando con motivo del 14 de febrero pasado. Lo hice para una revista que ignoro si habrá salido, jeje.

sábado, 13 de marzo de 2010

La pegada es todo

La pegada fue la diferencia sobre el césped del estadio Hidalgo. Los dos equipos tuvieron opciones, los goles cayeron de un solo lado.

Los guerreros fueron a Pachuca a confirmar que andar de gira les sienta bien. Lorito Jiménez hizo los dos primeros goles pero los anotaron Quintero y Rodriguez. Ludueña remató a un Pachuca que pese a fabricar varias opciones no tuvo contundencia.

Un Lorito Jiménez inspirado dio los tres puntos al Santos. Dos acciones, un pase filtrado y una incursión al área, del argentino valieron dos goles en los primeros quince minutos del segundo tiempo. Romano ha encontrado la fórmula para obtener resultados importantes fuera del TSM y se confirmó que andar de gira le sienta bien al conjunto verdiblanco.
Tuvieron que pasar 45 minutos de somnífero espectáculo antes de que las emociones pasaran lista de presentes en la cancha del estadio Hidalgo. No parecía posible, cómo creerlo si la segunda parte comenzó con la salida de Vuoso y el ingreso de Olvera. Así de incomprensible es el fútbol. Con “el Toro” en la banca y un defensa más en el campo, llegaron las dianas guerreras. Antes hubo que pasar por el tradicional par de sustos: remate de Mendivil que atajó Oswaldo y despejó Lacerda y la estirada del Gringo Torres que no alcanzó el centro del “Pájaro” Benítez.
Una jugada atrabancada donde Uriel Álvarez y “el Guti” Estrada recuperaron el balón a un costado del área santista terminó como plano de arquitecto con Olvera, en posición de extremo izquierdo, enviando un centro al Lorito Jiménez. El argentino tenía para mandar un disparo de esos que sólo entran cuando el equipo de enfrente es el San Luis. En lugar de soltar metralla el Lorito desarmó la derecha, vio detrás del defensa a la sombra que es Darwin Quintero entrando al espacio y mandó un balón envuelto en celofán, con etiqueta de felicitación y hasta moñito rojo. El colombiano le ganó a su compatriota Calero, que ya no está para esos lances, y el festejo albiverde disipó los vientos de júbilo en el Huracán.
Dos caras de un mismo Loro se observaron en este partido. En el primer tiempo, situado a la izquierda del campo, Jiménez demostró que cuando se trata de pasar desapercibido puede hacerlo como el mejor. En el complemento, no conforme con servirle un regalo a Darwin, al 59 se sintió Messi, recibió el balón y repartió amagues a diestra y siniestra dentro del área del Pachuca. Siempre es preferible recibir un simple tanto de penal que tragarse el gol de la semana, así lo entendió “el Goyo” Torres cuando derribó al argentino y se ganó la segunda amarilla. Juan Pablo Rodríguez, le pegó con rencor, las redes lo resintieron y Calero, vencido a su derecha, puso cara de “qué se le va a hacer”.
A partir del segundo tanto guerrero, el Pachuca se debatió entre el nocaut y la autodestrucción con ligeros estertores de esperanza. El Santos se dedicó a administrar la ventaja y lo hizo mal. Oswaldo hizo diferencia al atajar los remates de Mendivil, Cvitanich, Benítez y Lacerda que también se sumó al ataque contra su portería.
Al 71, “el Hachita” Ludueña, que entró de cambio por Quintero, le puso un imán de postes al balón. Lanzó un tiro directo que superó fácilmente a Calero y la de gajos, coquetona como ninguna, caramboleo en los dos palos verticales de la portería y se despejó sola. El equipo hidalguense seguía con vida, artificial pero vida al fin.
Al 87 el Santos perdonó otro gol, esta vez en la figura del Lorito que no pudo redondear su actuación, el cansancio del partido ahogó el motor del argentino cuando ya se había quitado a Calero. Casi de inmediato, Ludueña sacó renta del desorden defensivo local. Sentenció con uno de esos goles que se ven en la práctica. El “Hachita” recibió de Oribe un pase machucado entre la pantalla del Lorito y la barrida de Leobardo López. Con tranquilidad Daniel amagó a Miguel, y lo demás fue coser y marcar.
La pegada fue la diferencia, de peso completo la lagunera, de peso ligero, la hidalguense. De nueva cuenta, los cambios le dieron resultado a Romano. Todo indica que el técnico le ha encontrado la cuadratura al santo y su premio inmediato es el tercer lugar de la competencia.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Extinción en cadena

Distraído en la pena de enterrar a su hermoso perro labrador inerte, el amo piensa en lo profundo que es el abismo donde se dispone a arrojar los restos de su amigo. No es un pozo tan hondo como para llegar a China, sin embargo, cumple excepcionalmente su función de fosa, y será séptica cuando arroje sobre el cadáver un manto de cal. La vida, un fenómeno de la naturaleza contenido en la fórmula química del calzón, Chonsp. La base de todas sus variables es el polvo, polvo eres, y en olvido te convertirás. ¿Qué más hay? Un perro dejó de ladrar, y su amo dejó de llamarlo, algún gato dejará de huir, igual que un cartero dejará de asustarse al tocar en esa puerta, ¿quién sabe dónde terminará esa extinción en cadena de minucias? El amo se descubre terriblemente perturbado. No es para menos: La catástrofe se cierne sobre el mundo. Las cosas que se lleva a la tumba un simple perro.

martes, 2 de marzo de 2010

Lo que es no tener madre

Mazzinger Z y el perdedor irremediable que era el doctor Hell; el Gran Hutch y su esquiva peregrina madre; Thundar el Bárbaro y su sensacional mundo postapocalíptico; los Thundercats y Mumrra, la inmortal momia con baja autoestima; los Halcones Galácticos y el chichichi maestro; las cápsulas animadas de Cantinflas –inolvidable el ahhahhhhhahhhah que se escuchaba mientras el arquetipo del peladito se deslizaba por alguna construcción del tipo patrimonio de la humanidad—; el permanente conflicto, con hija de por medio, entre papá Mongo y Flash “Gandalla” Gordon. Esos son algunos títulos que recuerdo de mis infantiles años A. de C., antes de los Caballeros del Zodiaco. Otras series como Heidi, La Princesa de los Mil Años y Candy Candy, son desconocidas para mí por la sencilla razón de que sonaban a caricaturas para niñas.
Mi hermano es un nostálgico de cepa virulenta y de cuando en cuando me contagia con su afición a revivir los clásicos de nuestros primeros años frente al televisor. Por obra y gracia de las colecciones en DVD, ha llevado hasta la comodidad del hogar varias de las historias mencionadas, listas para ser reproducidas sin cortes comerciales.
La última de esas nostalgias revividas fue “El niño de nadie”, mejor conocida como “Remy”, un infante creado por la imaginación de Héctor Malot, escritor francés culpable de algunos de mis llantos más profundos. Y es que Remy es una historia no apta para personas con problemas de corazón de pollo. Desde los zapatos de piel madera hasta la punta del más largo de sus cabellos, ese niño era el sufrimiento encarnado. Luego de haber visto de nueva cuenta sus peripecias y duelos, a cual más devastador, me doy cuenta de que tenía bloqueados, genial mecanismo de defensa, muchos de los pasajes de esa “caricatura infantil”, fácilmente equiparable a un tsunami psicológico.
Sí, recordaba las cumbres de la pena sufrida por ese niño, pero los picos menos altos, permanecían ocultos bajo el velo del olvido herrumbrado. Un recuento sencillo de los primeros episodios bastará para ilustrar esa cordillera de dolor que atraviesa el “hijo de nadie”. Primero, Remy es un niño que vive con su madre en un pueblo rural, su única amiga es una vaca, y su padre trabaja en la ciudad. Reciben la noticia de que su padre se accidentó trabajando y comenzó un costoso proceso legal para obtener una indemnización, de manera que si antes les enviaba mensajes con dinero, ahora les escribe solicitudes de efectivo inaplazables. La madre de Remy vende la vaca a un tío que nada más llegando marca su látigo en el lomo vacuno, todo eso frente a los ojos del infante. Luego, el padre regresa derrotado, amargado, con humor de los mil diablos y sin decir agua va le suelta a Remy que él no es su hijo, que lo recogió en la calle y que lo enviará a un orfelinato, linda palabra, me gusta más que orfanato. El pobre niño, sacudido por tantos azotes verbales rompe en llanto. Afortunadamente, el padre adoptivo de Remy cambia de idea, y en lugar de ponerlo bajo la tutela del estado, se lo vende por 40 francos a un artista ambulante. Sin despedirse de su madre postiza, que para tal efecto había sido enviada a buscar moras a la aldea, Remy comienza un viaje en calidad de mozo de su nuevo amo, Vitalis, un anciano que regentea a tres perros y un mono amaestrados. Al lado de Vitalis, Remy descubrirá que en la vida, además de hambre, pobreza y dolor, también hay vejaciones, impiedad, injusticia, enfermedad, muerte, y más muerte, un cúmulo de sufrimientos en busca del título del peor de todos. Claro que tanta desventura tiene utilidad, o dígame si treinta minutos de entretenimiento lacrimógeno por episodio no se agradecen.
Le doy la razón a Enrique Serna cuando dice: las caricaturas me hacen llorar. Y es que ver Remy durante tres horas seguidas es una permanente invitación a terminar con todo de una buena vez, apretando el stop del reproductor y yendo al baño a desahogar sobre papel cantidades ingentes de moco y llanto. De aquella serie surgió, hace ya muchos ayeres, una especie de decálogo que se mantiene vigente. Lo odioso de ser Remy: 1.- Si alguien te ama, morirá. 2.- Si alguien te ama, y no muere, acabará en la ruina y/o en la cárcel. 3.- Si alguien te ama y no muere ni acaba en la ruina, es que no te ama de verdad pero sí acabará en la cárcel. 4.- Si aspiras a ganarte la vida de forma honrada, el mundo te empujará en el sentido opuesto. 5.- Si optas por ganarte la vida robando y engañando, el mundo te corregirá a punta de madrazos. 6.- Cuando una familia empieza una pésima racha, los animalitos son los primeros en irse, luego, los viejos. 7.- Si tu mejor amiga es una vaca, seguramente eres adoptado. 8.- Si conoces a una mujer rica y buena que te quiere como a un hijo, y no aceptas que te adopte, ya ni friegas. 9.- Además de la orfandad, lo malo de ser el hijo de nadie, es que, al menos en potencia, eres el hijo de todos. 10.- Si te sentiste identificado con al menos cuatro de los puntos anteriores, ¡en la madre!, eres Remy y seguramente tus otros recuerdos están bloqueados y esos medicamentos que tomas desde niño, y que ya olvidaste para qué son, ayudan a mantenerte más o menos cuerdo. Al final, Remy, tiene un final feliz, soso, ñoño, insípido, como este: FIN.

domingo, 21 de febrero de 2010

Con el enemigo en casa

Juan Pablo Santiago contagió a Lacerda y entre ambos consintieron cuando no fabricaron las opciones del visitante. Guerreros y Estudiantes repartieron puntos.

Ludueña, Rodríguez y Morales, anotaron por los Guerreros. Rangel, Cejas y Leaño hicieron los goles del conjunto zapopano.

Torreón

Hay cosas que se le indigestan al Santos, como la nula convocatoria de sus jugadores a la selección o el TSM que no se llena. Este domingo, el Tecos, ahora convertido en Estudiantes, fue parte de esa lista. Luego de la actitud perdonavidas de la directiva y su acuerdo con la televisora para abrir la señal al populacho lagunero lo menos que podían hacer los verdiblancos era ofrecer un buen partido, y si hay algo que permite el espectáculo es un equipo dirigido por el “Piojo” Herrera, técnico que podría afirmar de modo jactancioso “no gano pero como me divierto”.
Los ingredientes especiales fueron la primera visita del “Pony” Ruiz a la nueva casa de los guerreros y las tres victorias consecutivas del Santos. Desde el primer minuto los dos equipos dejaron claras sus intenciones, tiros de Sambueza, Darwin y Morales hacían soñar con goles en los primeros minutos y así fue. Al minuto 12, “Hachita” Ludueña filtró un balón para Quintero que arrancó bien y se quitó con una facilidad pasmosa al arquero Rodríguez, antes de mandarla guardar. El colombiano la hizo ver tan fácil que al asistente no le quedó más remedio que levantar su bandera y marcar fuera de juego.
En la reanudación, el visitante se equivocó en la salida y Quintero jugó fácil, se la dio a Ludueña. El “Hachita” se esmera en demostrar que ha vuelto, y que no ha vuelto sólo sino que trae consigo futbol y buenos goles. Recibió el balón y lo primero que hizo fue tratar al defensa Jiménez como cono de entrenamiento, luego, ante la salida de Mario Rodríguez cruzó a segundo poste y lo demás fue celebrar. Un minuto después Daniel no quiso anotar el segundo.
Al minuto 20 el exsantista Elgabry Rangel sopló y sopló hasta derribar las defensas de paja y madera de los santistas. En 20 segundos el estudiante con pasado verdiblanco reventó el balón en el travesaño, cazó un recentro del Pony –que Oswaldo rebotó como una pared—, y se tiró de media tijera para mover las redes. Santiago y Lacerda fueron meros espectadores, Ruiz y Rangel, los gigantes del área.
En el segundo gol de los Tecos, Juan Pablo Santiago arregló un centro de Rafael Medina que intentaba cruzar a lo ancho el área santista. Con su desvío el central guerrero dejó a Mauro Cejas de frente al arco. El delantero aprovechó el regalo y otra vez Oswaldo se lanzó con fines meramente fotográficos. Así se fueron al descanso, el visitante arriba y Romano listo a quemar los cartuchos disponibles en la banca. En la segunda parte saltaron al campo Vuoso y lo que queda de Fernando Arce, jugador que, de recuperar su nivel, sería un buen fichaje en cualesquier partido.
Los visitantes compitieron lealmente, nunca enseñaron más de lo que había: “el Pony” y otra vez “el Pony”. Al 53, Rodrigo Ruiz aprovechó que Lacerda y Santiago recorrieron cuanto pudieron para dejarlo sólo. Recibió la bola en la mayor de las soledades que permite el fútbol, la del goleador frente al marco rival, cuando el portero es mero referente a la hora de arrinconar la bola, o sacar la gambeta o fusilar las redes. Entonces, Rodrigo se ofuscó. El hombre que siempre tiene soluciones para compartir con los demás, se quedó vacío a la hora de definir por su cuenta. “Regalos no quiero” pareció decir la pequeña maquina generadora de campeones de goleo.
Para hacer más heroico el regreso, la zaga santista permitió el ya tradicional gol en tiro de esquina. Juan Carlos Leaño superó a Lacerda en el primer poste y picó el remate que puso a Oswaldo a buscar topos. El silencio se hizo en el TSM y áreas circunvecinas.
Como Lacerda y Santiago se habían robado el espectáculo hasta ese momento, Leaño , inconforme con su rol secundario de goleador, derribó al “Lorito” Jiménez a la altura del manchón penal, y a Juan Pablo Rodriguez no le quedo más remedio que reducir la desventaja en el tanteador.
Al 69, Peralta, Vuoso y Ludueña dieron una lección de cómo se toca de primera. La rápida triangulación terminó con una defensa foránea mal colocada, las marcas perdidas, los delanteros sueltos, el centro del “Hachita” cayendo en cámara lenta y un Carlos María Morales que dijo: “de aquí soy”. El refuerzo santista la agarró de aire con esa zurda que de cuando en cuando le da a Rubén Omar Romano fuertes razones para mantenerla dentro del once titular. El balón salió hacia la red izquierda de la meta. El arquero Rodríguez vio que era imposible y ni para la foto sacó la estirada.
Luego del empate, los guerreros tuvieron dos cabezazos, uno de Vuoso y otro de Peralta, que pegó en el travesaño, pero el marcador ya no se movió. Con el silbatazo final, varias dudas flotaban en el ambiente. Quizá el Santos rescató un punto, quizá dejó escapar dos, quizá los Estudiantes se van molestos con el empate luego de ir ganando por dos anotaciones, quizá se van contentos con haber sumado. La única certeza es la siguiente: Eres grande “Pony”.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Es el amor

Este miércoles se realizó en el Icocult Laguna una lectura de poesía y similares en la que participaron Daniel Maldonado, Enrique Sada, Paulo Gaytán y un servidor, todos convocados por la institución lagunera, por no decir gomezpalatina, que responde al nombre de Jaime Muñoz Vargas, juez y parte de los procesos individuales a los que fue sometido el vocablo del que Borges huía. El siguiente es el texto presentado por este bloguero de afición, amigo de las erratas.

“Es el amor, tendré que ocultarme o que huir”

Jorge Luis Borges

Si alguien me preguntará ¿quieres amar? le diría que no. Si solamente se tratara de revolcarse como animales en el cuadrilátero de las llaves y caricias, aplicando hurracarranas y mordidas a destajo, órales, va. Amar no me apetece.

Si alguien me preguntará ¿has amado alguna vez? respondería con cierto pesar que sí. No me gusta deshojar la margarita del ya no la quiero es cierto pero cuanto la quise. El conjuro de la evocación revive a los muertos, llámense sentimientos, pasiones, fórmulas indescifrables del corazón.

¿Cómo sabes qué amas a una persona? Esa pregunta tiene varias aristas, y cada punta ofrece una respuesta distinta. Hay que explorar un poco en el por qué. Si hablamos de mi madre, cualquier artificio resulta insuficiente para dar una idea de la belleza de ese amor. Las palabras palidecen como piedras celestes que solamente reflejan la luz de un astro más alto y luminoso. Quizá sirva de algo la siguiente confesión: Escribir me convierte en un torpe egoísta, malhumorado eterno, y mala persona en lo general. El trance de la escritura llega a ser tan profundo que la mínima distracción me pone en un estado demencial cercano a la tentativa de homicidio. Sin embargo, cuando mi madre interrumpe el curso de las letras sobre la hoja, mi sed de venganza se transfigura en paciencia infinita, en tolerancia pura, y hasta sonrío ante sus dichos en apariencia intrascendentes como “ya está la comida”, “fíjate que me contaron”, o “búscate un trabajo”.

Los hermanos son otra debilidad y fortaleza de mi ánimo, pocas cosas me duelen como sus malestares y fracasos, pocas cosas me alegran como su éxito y prosperidad. Tengo tantos recuerdos que agradecerles y tan poca memoria para conservarlos íntegros que su sola presencia infunde en mi espíritu bienestar y seguridad. Nos une, además de la raíz consanguínea, ese proyecto de presente a largo plazo que es el cuidado mutuo.

La amistad como una de las formas del amor merece comentarios relajados porque la mayoría de las veces está contaminada de interés. He prestado dinero y no me han pagado, me han prestado dinero y sigo fingiendo lagunas mentales. Con el deudor del primer caso, y con el acreedor del segundo, el trato no ha variado a lo largo de los años. La valiosa lección extraída de tales circunstancias es “no hay fijón”. La amistad se demuestra y para ello, nada mejor que responder el teléfono a las tres de la mañana, y salir de casa con el atuendo de las grandes ocasiones, chanclas, short y camisa interior, al auxilio del amigo varado en algún oscuro rincón del periférico en compañía de la condicionante femenina que solicita extrema discreción. El signo de amistad aumenta su valor si vamos al rescate con la esperanza de encontrar en el camino un par de cables para pasar corriente.

La sabiduría popular expone: “Nunca falta un roto para un descosido”. Aunque esa unión de tipos desperfectos hace referencia al hallazgo de la pareja compatible con las fobias y manías de cada quien, no deja de sorprenderme que un trozo de naturaleza, un simple árbol fascine a una inteligencia humana al grado de que está acceda a cuidarlo, hidratarlo y hasta sea capaz de encadenarse a él para evitar que los dientes acerados del progreso lo reduzcan a ínfimo aserrín. La misma postura de asombro se manifiesta en los casos de animales endémicos y objetos como libros, especies en peligro de extinción por causales como el abuso o el desuso.

El amor a la vida suena tan cursi que su sola mención parece odiosa, pero en estos días en que privarse o ser privados de la existencia es resultado de circunstancias triviales como cruzar la calle en ámbar o atravesarse en el camino de un disparo, considero importante apreciar en una dimensión superlativa la suerte de estar vivos. Con tremenda sinceridad Paul Bowles asegura en El cielo protector que “nada de lo que se dice de la muerte, se parece a la presencia de la muerte”. Una verdad igual de contundente se revela en el sentido opuesto: “Nada de lo que se dice de la vida, se parece a la presencia de la vida”.

Con respecto al amor de los enamorados ya se ha escrito muchísima literatura a lo largo de todas las épocas y afortunadamente las cavernas del corazón siguen produciendo suficiente mineral edulcorado, amargo, puro y tóxico para deleitar el paladar de nuestras almas. Si un día le perdemos el gusto a ese alimento, que la mortaja se apiade de nosotros.